01 julio, 2005

Prologo

El día amanecía hoy una hora más temprano. La luz había convertido en una cebra las sábanas de Adrian hacía tiempo, pero su explosión de enfado no se consumó hasta oir las 40 toneladas de clavos que producían en su cabeza los pitidos del desperador.

Ninguna mañana se sentía de buen humor, pero hoy varias cosas la hacían especialmente detestable. El olor de la botella de whisky a los pies de la cama provocó una angustiosa náusea a Adrian, que trataba de desperezarse. Sentía como si hubiese estado embalado durante 20 años y por fín lo soltasen, no se podía ni tener en pie.

Había quedado a las 9 de la mañana con Jan Krushev para entregar el final de su trabajo. Tan sólo serían unos minutos, largos, fríos y distantes. Luego todo habría acabado, pero Adrian sentía un miedo sordo que se enredaba en sus intestinos. Salió de casa con la contradicción interna de quien espera impaciente en la sala de un dentista.


Krushev le esperaba en el restaurante del Hotel Capitol. Impoluto e impertérrito, apuraba su copa de vino blanco cuando sus miradas se cruzaron. Adrian realmente odiaba esta clase de lugares llenos de almidonados dueños de sus mundos, con impecables trajes púrpura. Él provenía de una realidad más cruda, lejos de tanta mueca cortesana y siempre tenía la sensación de oler a aceite de freidora al hablar con Krushev.

- Tiene mal aspecto Señor Steinner, ¿una noche ajetreada?

- Aquí tiene lo pactado - respondió tajante Adrian - Creo que por mi parte todo ha terminado.

- Le mantendremos informado de los progresos si así lo desea.

- Ahórrese la molestia. Espero no tener que volver a verle más, Krushev.

- Me gustaría comunicarle que ha sido un placer contar con sus servicios, Señor Steinner - dijo Krushev mientras forzaba una sonrisa aprendida -.

Adrian se dirigió rápido hacia la salida del hotel sin pararse a pensar qué haría o a dónde iría. Sólo quería olvidar todo aquello, se sentía sucio. Una vez fuera del hotel, el frío en sus mejillas recien afeitadas le obligó a refugiarse en una calle comercial. Realmente no entendía qué sentido tenía decorar con palmeras tropicales esa calle comercial en pleno invierno. Encadenando pensamientos tan superfluos como ese, se quedó embobado mirando un maniquí de escaparate. Eso le recordó que se encontraba solo.

Una punzada en su páncreas hizo que sintiera el miedo de esa soledad. Añoraba breves momentos de felicidad con chicas que nunca supieron comprenderle, esos pequeños retales le servirían como abrigo ahora mismo, pero se encontraba totalmente desnudo. El murmullo ruidoso desde la puerta de un viejo bar le incitó a tomarse una copa para tratar de escapar de su angustia. Siempre había detestado el ruido del neon al encenderse y apagarse, pero hoy esa imperfección era agradable, no más envoltorios, quería la realidad cruda, desgarradora. El primer trago le provocó una naúsea amarga. Su estómago lloró mientras una pompa de aire surcó los intestinos de Adrian como en una montaña rusa.

La mesa mostraba las noticias de hoy. Muchas decisiones parecían ridículas, casi cómicas, sin conocer su trabajo. Su trabajo. “Odio mi trabajo, me odio a mí, ¿cómo pude caer en todo esto?". Adrian apretaba con rabia el vaso. Repentinamente lo terminó de un trago. Una erupción etílica subió hasta su boca, cauterizando todo a su paso.

Un olor afrutado hizo que Adrian girara la cabeza al pasillo del bar. Otra vez el miedo al rechazo. Su cuerpo reaccionaba más rápido que su consciencia, y nada más verla deseó tenerla, y temió perderla. Ella era joven sin ser una cría. Devoraba ávida unos apuntes, como si se los fuesen a quitar. Adrian llevaba varios minutos con su mirada fija en ella, sin darse cuenta, cuando Zhera levantó la vista y cada uno pudo verse en los ojos del otro. Pánico. Es preciosa. “El gobierno consigue un acuerdo en materia energética” leyó sin entender, al bajar la vista. Reunió el valor para volver a mirarla. Debía memorizar esa cara, ese cuerpo. Quería poder imaginarse con ella cuando regresara a su cama, y creara su película personal mientras apretaba su almohada. Por segunda vez Zhera alzó su mirada y descubrió a Adrian, casi tan amenazante como el objetivo de una cámara. Pasó más de un minuto hasta que Adrian volvió a mirar. ¡Ya no estaba! Nervioso escudriñó cada esquina del local. El ruido de la puerta cerrándose le hizo mirar hacia allí. ¿Era ella quién salía del bar?

Sin pensárselo dos veces corrió hacia la puerta. Una vez en la calle la buscó entre la gente. La suerte hizo que la encontrara justo antes de meterse por un callejón. Aceleró su paso. No quería que su sueño se esfumara. El callejón terminaba en unas escaleras metálicas. Ella estaba ya casi arriba. Adrian temió ser visto.

Sus zapatos eran martillazos en un yunque al subir las escaleras. Tenía prisa y ganas de encontrarse con ella. No se había parado a pensar qué le diría. Un grito le desconcertó:

- ¡¿Por qué me sigues?! - Zhera estaba nerviosa, empujó a Adrian contra una puerta metálica del edificio.

- No sé, yo… - Adrian no sabía qué decir, se sentía acorralado ante la pregunta, con su nuca contra el frío metal de la puerta. Una lágrima no aguantó y recorrió su mejilla. Sus ojos acuosos tenían una expresión desesperadamente triste.

Zhera, lo apretó contra la puerta, y, sin decirle, nada lo besó. Primero suave y luego apasionadamente. Su lengua se encontró con la lágrima de antes, y saboreó sus labios junto con el alcohólico gusto del after-shave de Adrian.

El contraste del calor de su cuerpo con el frío de la calle forzó a Zhera a buscar a tientas el picaporte de la puerta. Estaba atascada. De un empujón la abrió y entraron en algo que parecía un taller abandonado. Adrian la tomó de la mano y subieron encima de una mesa. No podía creer lo que estaba pasando, era un sueño. Disfutando del momento rodeó a Zhera con su brazo y besó su cuello. Al apretarse contra ella sintió la turgencia de sus pechos en su brazo. Zhera cerraba los ojos mientras acariciaba la espalda de Adrian. La temperatura iba en aumento.

Casi instintivamente Adrian levantó la camiseta de Zhera. No hay nada más bonito que un cuerpo joven al desnudo. Sus manos dibujaron cada matiz. No tardaron en estar desnudos. Zhera jadeaba mientras sus brazos resbalaban con el sudor de la espalda de Adrian. Ella abrió poco a poco sus piernas y Adrián casi se desmaya cuando sintió de nuevo el primer segundo de placer al estar dentro de una mujer. Quería parar ese momento, hacerlo eterno, irrepetible. Su compañera se mordía los labios y eso le incitó a continuar.

Primero lentamente, pero con un aumento progresivo del ritmo, balancearon sus cuerpos al son de una melodía que subía tonos hasta el cariño para descender hacia la lujuria. La respiración de Adrian se entrecortaba, no podría aguantar mucho más, iba a llegar a su clímax. Zhera también había acelerado su ritmo y decía extrañas frases ininteligibles mientras se apretaba con fuerza a la espalda de Adrian. Más, sólo un poco más. Ambos perdían el control, estaban casi a punto de rozar esa corta visión del cielo que algunos llaman orgasmo. Zhera echó su cuerpo hacia adelante y se apoyó en los bordes de la mesa. Adrían estaba de pie frente a ella, gozando de su hermoso cuerpo. De pronto un ruido mecánico los sobresaltó. Parecía una grúa. En el corto lapso de tiempo de un parpadeo un estruendo similar al que produciría una guillotina gigante bloqueó la mente de Adrian. No podía creer lo que estaba pasando. No le entraba en la cabeza. ¡Una pieza de acero de varias toneladas había destrozado el cuerpo de su diosa! Su angustia era extrema. No podía entenderlo todo, quería gritar, su tensión arterial agarrotaba cada músculo. “YYYYYAAAAAAAAAARGHHHHHHHHH!!!!". Desnudo, sucio, olvidado, así reverberó su grito entre las paredes del taller. Y de pronto el miedo: ¡lo acusarían de homicidio! ¿Cómo había podido ocurrir aquello? ¿Qué había sido lo que le hizo pasar del olimpo al más histérico averno?

Al separarse se dio cuenta: no se trataba de una mesa, sino de una cadena de montaje, que había sido activada por algún movimiento extraño de sus cuerpos. “¿Qué hago ahora? ¡Tengo que salir de aquí!", la mente de Adrian no podía con este maremoto de sensaciones. Se vistió como pudo. No podía mirar a Zhera, no tenía el valor suficiente. Su cuerpo seccionado de cintura para arriba era algo que no sabía si podría soportar después de haber estado saboreando su pecho, oliendo su pelo, besando su barbilla… Es difícil imaginar un colapso mayor, una pesadilla tan crúel. Adrian se retiró el pelo de la cara y resopló. De repente observó un tenue hilo de humo que salía del cuerpo de Zhera. Estaba horrorizado, pero sintió curiosidad. Se acercó preparado ya para encontrarse con lo peor. Su primera impresión fue de escandalosa repugnancia. No era posible que algo tan bello pudiese acabar así en 1 segundo. La cara de Zhera había quedado intacta, estaba echada hacia atrás, con la boca entre abierta y los ojos fijos hacia arriba. Un zumbido similar al que había oído horas antes al entrar al bar de la zona comercial lo desconcertaba. Un momento, ¡era una máquina! Su pecho, libre de carne ya, la delataba. Adrian pudo recordar sus viejos juegos de electrónica al darse cuenta de que había un fuerte olor a transistor quemado en el ambiente. ¿Libraba este hecho a Adrian de haber sido el autor de un homicidio involuntario? ¿Sólo una máquina sería capaz de haberle hecho sentir alguien deseado? ¿Habría preferido que fuese una persona de verdad? Adrian ya no sabía qué pensar.

Esparcidos por el suelo estaban los papeles que antes había estado estudiando Zhera, en ellos pudo leer su nombre: “Zhera Kirst". Habría preferido no saberlo. Adrian lloró por un momento, sentado casi en posición fetal en el suelo. Lentamente separó sus manos y secó sus lágrimas con la manga de su camisa. Tembloroso se levantó, con la idea de salir de allí. Comenzó con un dubitativo paso, pero en seguida aceleró su ritmo y salió corriendo de aquella casa de los horrores.

La luz del mediodía abrasó sus pupilas mientras buscaba con desesperación una salida hacia un momento sin problemas, un salto al regazo de su madre. Corrió durante un par de minutos como un poseso, sintiendo como latigazos cada mirada. Al final de la acera vió como una señora salía de un taxi y corrió como el diabló en aquella dirección. “23, Extragreen Terrace", ese taxi era el barquero Caronte, sacando a Adrian de la laguna Estigia.

Square signals detected...

Os doy la bienvenida a este blog, en el que trataré de ir colgando los fragmentos de un proyecto de novela que tengo desde hace un tiempo. Me encantaría que la criticarais y que me ayudarais a mejorarla, definir los personajes, etc.

La novela se titula Square Signals y pretende definirse en un futuro más o menos próximo, en el que la colonización de la Luna y Marte sea un hecho y los viajes interplanetarios sean largos, caros y engorrosos. En este ámbito, surge una nueva forma de transportar personas, enviando de un planeta a otro toda la información acerca de la estructura subatómica de la materia que constituye esa persona, y reconstruyéndola en el origen. Mediante este método se alcanzan velocidades cercanas a la de la luz, aunque su uso implica grandes riesgos...

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